Este pequeño texto es uno de los cuentos o relatos que Toño Gainzarain (Elvillar) ha creado en un hermoso y pequeño proyecto totalmente altruista. Dicho proyecto consta de unos pocos más relatos dirigidos a los más pequeños, pero que a su vez requiere la presencia de los adultos; de hecho, es una lectura pensada para que ambas generaciones interactúen.
Acercar a los más jóvenes la naturaleza, el entorno y la cultura olvidada es el objetivo primordial. La mies, el centeno, los vencejos, segar… ese vocabulario aparentemente arcaico cobra sentido en estos relatos que persiguen el respeto a la naturaleza, las tradiciones, el campo, el entorno, la tierra…
Publicamos este primer relato con el permiso del autor, y esperamos que sea una lectura reveladora y agradable.
La Basoco de la calle Herrerías
En Elvillar hay personas mayores que dicen que las casas guardan la memoria de las personas que las habitaron y otra memoria aún más antigua: la de los árboles de los que nacieron sus vigas, sus puertas y sus pilares.
Hacia la mitad de la calle Herrerías de Elvillar había una casa cuya fachada estaba protegida por unos soportales construidos con pilares de madera. Estos portales daban cobijo de la lluvia en primavera, de la nieve en invierno y ofrecían alivio del sol en verano. Y en otoño, un poco de todo lo anterior.
En esta casa vivía una Basoco que empleaba gran parte de su tiempo en hacer los vencejos que luego servirían para atar los haces de cereal que cortaban los segadores.
Querido lector, en esta última frase hay varias palabras que quizá no hayas entendido, así que pregúntale a la abuela o al abuelo con quien estés leyendo este cuento. Seguro que, además de explicártelas, te contará alguna historieta de cuando iba a segar.
La mujer Basoco era una gran contadora de historias, por lo que era muy habitual verla rodeada de niños que la escuchaban atentos mientras ella contaba y contaba… Aunque eran muchos los cuentos e historias que relataba, nunca dejaba de elaborar los vencejos.
Un día, mientras metía la paja de centeno en el agua para hacer los vencejos, la Basoco resbaló. Para evitar la más que evidente caída y no perder los dientes con el golpe, sus manos húmedas se agarraron con fuerza a los pilares de madera del portal. Los mocetes que la rodeaban vieron, sorprendidos, cómo al separar las manos de los pilares brotaron de los nudos de la madera unos pequeños brotes verdes con forma de hoja, junto a unas diminutas bellotas. La mujer les sonrió, y, como si no hubiera pasado nada, terminó de secarse las manos en el delantal y continuó contando la historia que había dejado a medias.
Los niños volvieron a casa picados por la curiosidad y con los ojos llenos de preguntas. Quitándose unos a otros las palabras atropelladas que salían de sus bocas, decidieron regresar al día siguiente para intentar descubrir qué hacía la mujer cuando no estaba con ellos.
La puerta de la casa era de madera de acacia, quizá de alguna de las muchas que antaño rodearon el pueblo. Era una puerta de doble hoja, con una gran cerradura de hierro en la parte superior y una gatera en la inferior.
A la mañana siguiente, muy madrugadores y procurando no hacer ruido, los niños de Elvillar se reunieron frente a la puerta de la mujer. Los más altos eligieron espiar por la cerradura y los más bajitos tuvieron que tumbarse para mirar a través de la gatera. Desde allí todos podían ver con claridad la gran estancia principal de la casa y, lo más importante, a la mujer Basoco. Asombrados, vieron cómo la mujer se humedecía los dedos con saliva, y, a modo de caricia, los pasaba por el pasamanos de madera que subía al piso superior de la casa. De nuevo contemplaron como de los nudos de la madera brotaban pequeñas hojas y diminutas bellotas.
Hizo lo mismo con el pequeño mueble de madera donde guardaba la vajilla. Los niños dijeron que lo acariciaba de la misma manera que las abuelas acarician a sus nietos y que, nada mas hacerlo, las hojitas volvían a la vida.
Corrieron, entre asustados y maravillados, a contar a sus padres lo que habían visto. Estos les tranquilizaron explicándoles que la mujer era una Basoco y que, seguramente, echaba de menos a su verdadera familia: el bosque. Probablemente, cuando acariciaba la madera, imaginaba que estaba acariciando a su madre, una gran haya bajo la cual brotaba una fuente.
A esta fuente en Elvillar y alrededores la conocemos con el nombre de «Fuentelaya» ¿Por qué no le propones a tu abuela o abuelo que te lleve a esta fuente a disfrutar de un trago de agua limpia y fresca? Así, podrás conocer a la madre de la Basoco de la calle Herrerías.
Fotografías: Toño Gainzarain, A. Bezares y ayuntamiento de Camprovín.
